Cáp. 6
“De abrazar cocodrilos creyendo que son pajaritos”
Entraron, la música sonaba contagiosa, y de pronto unas pocas gotitas cayeron, un olorcito a tierra mojada llenó el aire, empezó a llover, y poco a poco fue subiendo en intensidad, luego caían prácticamente chorros, la gente se alegró muchísimo, alguien dijo -es lluvia dulce-, y tenía razón al poco tiempo de bajar solo agua empezó a llover cola, se hacia espuma al caer, nueve meses de sequía no eran en vano, ya no había agua y la gente solo tomando gaseosa rosa en esa ciudad habían provocado que se formen nubes de vapor de cola y agua y ese viernes se cayo el cielo, llovió como si de un diluvio moderno se tratase.
No podía existir una algarabía mayor todos bailaban, todos reían, bebían de la lluvia, la espuma en el suelo llegaba hasta las rodillas se puso pegajoso el aire pero que importaba, no había habido una alegría mayor en nueve meses, solo la chica pálida no lo estaba disfrutando, veía con iras como quien la había invitado se lo estaba pasando de lujo con una desvergonzada y vulgar sonriente.
Y entonces algo crujió en su interior, años de egocentrismo complacido sin interrupciones acabaron de golpe.
Lloró, las lagrimas brotaron involuntariamente al principio, no quería que nadie se diera cuenta, pero como no se iba a notar que en medio de miles de personas en enajenación, una y solo una persona estuviera llorando. La prima lo notó primero, y fue y le avisó al “dark”
–oye tu amiguita está llorando-. Él estaba entretenidísimo en ese momento, la sonrisa ya lo había atrapado, estaban embelesados en ese misterioso gancho visual justo antes de darte un beso, iban directas sus bocas hacía lo inevitable, pero las palabras de la prima retumbaron en su oído como un trueno y cortaron aquel instante como si apagaran una luz, así de golpe, así de repentino.
Un remordimiento intenso de conciencia lo empujo a dejar con la boca hecha trompeta a la “sonrisas” y a correr a ver que le pasaba a la “pobre” pálida; ella estaba tratando de disimular su llanto porque se vio sorprendida, pero cuando él le preguntó si estaba bien con cara de muy culpable, vio que recuperaba su juguete y que el arma eran las lagrimas, así que se soltó a llorar inconsolable y se abrazó del “dark”. El instinto masculino dicta que: no se puede ver a una mujer llorar (te conmueve el alma), el instinto masculino dicta: los hombres de bien harán lo posible para consolar a cualquier “magdalena”, el instinto masculino dijo: abrázala y la abrazó.
Las lagrimas son casi lo mismo que el sudor (químicamente hablando), pero el sudor es mucho menos puro que una lagrima, por eso las lagrimas que le brotaban a la pálida eran de una esencia extraordinaria, tenían mucho más poder hipnótico que diez mil baños de 45 minutos, más fuerza que ochenta galones de empaste de rosas y floripondio en el cabello y un efecto psicológico inimaginable.
Él sentía que respiraba ácido, los pulmones le hervían, la nariz le sangró de nuevo, pero a la vez una ternura y compasión al abrazarla, sentía como si tuviera un pajarito herido en las manos al que debía proteger de la lluvia, si hubiera visto que en realidad tenía un cocodrilo que se lo estaba comiendo vivo.
Ella lloró por 13 minutos y 2 segundos abrazada del “dark” (que tuvo que ponerse otra vez con un corcho en la nariz) disfrutando, mientras lloraba, de su presa mirando con satisfacción como había arrebatado de la boca sonriente de esa loba un bocado para ella sola, ahora si que lo tenía preso.
Él por otro lado derribó las barreras de advertencia que se había puesto y sucumbió al sentimiento se empezó a enamorar.
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